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98% de vías fluviales en 19 estados, con químicos eternos

Por Marco Vinicio González
Publicado 22 julio, 2026

Foto: Cortesía de WaterKeeper Alliance y Hispanic Acces Foundation.

Casi todas las personas en Estados Unidos tienen niveles medibles de “químicos eternos” (PFAS) en la sangre. De acuerdo a un estudio de WaterKeeper Alliance y Hispanic Acces Foundation, el 98 por ciento de las vías fluviales analizadas en 19 estados —incluidos California, Texas, Florida, Wisconsin y Washington— contienen PFAS. Se trata de un sistema circular de contaminación diseñado por el ser humano que convierte el agua en un vehículo de potencial muerte silenciosa.

Los PFAS (sustancias perfluoroalquiladas y polifluoroalquiladas) son una familia de más de 9 mil compuestos sintéticos creados desde los años 40 para repeler grasa, agua y calor. Su sello distintivo es un enlace de carbono-flúor tan fuerte que la naturaleza no puede romper, por eso se les llama “químicos eternos”.

Se esconden en sartenes antiadherentes, teflón, “envases de comida rápida, textiles, como alfombras y ropa impermeable”, además de espumas contra incendios y otros repelentes, explicó a Radio Bilingüe Vanessa Muñoz, gerente del Programa de Cuencas Hidrográficas y Vías Fluviales de la Hispanic Access Foundation.

La virtud industrial de los PFAS es su durabilidad y también su principal defecto, pues no se degradan, se acumulan en el suelo, viajan por el agua y, una vez dentro del cuerpo humano, se alojan en la sangre, el hígado y los tejidos durante años.

El impacto en la salud: un cóctel de enfermedades

Muñoz indica que los efectos pueden ser devastadores y variados: “Cáncer, daños hepáticos, alteraciones inmunológicas, enfermedades de tiroides y efectos en la reproducción y el desarrollo”. El informe confirma que el 95% de los sitios de plantas de tratamiento de aguas y el 80% de las zonas donde se aplican biosólidos presentan niveles alarmantemente elevados de estos compuestos.

El ciclo vicioso: de tu casa al campo y de vuelta a tu boca

¿De dónde viene tanta contaminación si no hay una sola fábrica que vierta directamente? El estudio revela que las plantas de tratamiento de aguas residuales (WWTPs) reciben los desechos, pero los PFAS las atraviesan intactos y se concentran en los lodos llamados “biosólidos” que luego se venden como fertilizante y se esparcen en campos de cultivo. El veneno contamina los cultivos, el ganado y el agua subterránea y, finalmente, regresa a nuestros cuerpos a través de la comida y del grifo.

Muñoz advierte que “muchas comunidades de bajos ingresos viven cerca de estas plantas de tratamiento y el agua está contaminada”, lo que impacta desproporcionadamente a los más vulnerables, que a menudo “viven, trabajan y recrean cerca de estas fuentes de contaminación”.

La trampa de la regulación y la detección

El problema se agrava por la falta de voluntad regulatoria. “Últimamente no hay mucha regulación para monitorear el agua y filtrar las PFAS”, denuncia la experta, mientras la EPA considera debilitar los estándares federales. Además, para un ciudadano común detectar estos compuestos es prácticamente imposible porque no tienen olor, color ni sabor. “Las pruebas específicas requieren laboratorios certificados”, señala Muñoz. Aunque existen facilidades municipales, estatales y federales encargadas del monitoreo, la responsabilidad recae sobre estructuras que, según el informe, “no están dando la talla frente a la magnitud de la crisis”.

¿Cómo cuidarse? 

Muñoz recomienda “mantenerse informado sobre la calidad del agua” y, si se confirma la presencia de PFAS, “considerar utilizar un filtro de agua certificado”. Pero insiste en que “la solución es la prevención y la educación”.

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