Niña de nueve años, paralizada por una bala perdida, lucha para seguir estudiando

por Zaidee Stavely


Dos días antes de cumplir nueve años, en mayo de 2014, Jacqueline Funes estaba jugando

Jacqueline Funes, de 9 años, fue víctima de una bala perdida mientras jugaba afuera de su casa. Foto: Adam Grossberg/KQED.

Jacqueline Funes, de 9 años, fue víctima de una bala perdida mientras jugaba afuera de su casa. Foto: Adam Grossberg/KQED.

en frente de su casa en el Este de Oakland con su hermanito Jonathan. Su mamá, Silvia Funes, estaba trapeando adentro cuando escuchó balazos.

Jonathan corrió para adentro con su mamá.

“¿Dónde está Jacqui?” preguntó ella.

Afuera, Jacqueline estaba tirada en el patio. Una bala le había penetrado el cuello. El primero en verla fue su papá.

“Y él pensó que la niña estaba muerta”, recuerda Silvia Funes, “porque dice que él, cuando la vio, en pedazos la miró, porque corrió mucha sangre… entonces la vio hecha pedazos de su cara”.

Jacqueline sobrevivió, pero ahora no puede mover sus piernas. Puede mover sólo uno de sus brazos, pero no tiene movilidad en los dedos.

La balacera no sólo afectó la vida de Jacqueline y de su familia, sino también la de sus amigos, sus compañeros de clase, y sus maestras.

“Probablemente nunca caminará de nuevo”, dice Liz Torres, que fue la maestra de segundo grado de Jacqueline en Cox Academy, una escuela en el Este de Oakland. “Probablemente no podrá usar las manos. No se podrá cuidar sola. No podrá… ni agarrar un libro entre sus manos”.

A Torres le salen las lágrimas al decir esto. Le afectó mucho el incidente. Por meses después, Torres la iba a visitar, primero a un hospital de Oakland y luego a su casa.

Jacqueline Funes ha enfrentado muchos obstáculos para poder estudiar de nuevo. Foto: Adam Grossberg/KQED.

Jacqueline Funes ha enfrentado muchos obstáculos para poder estudiar de nuevo. Foto: Adam Grossberg/KQED.

Una tarde de diciembre, Jacqueline descansa en su cama, cubierta hasta el cuello con una cobija, cuando llega Torres para visitarla.

Jacqueline ya tiene casi dos meses fuera del hospital, y el distrito escolar de Oakland aún no le manda un maestro para darle clases en su casa. Pero Torres la ha estado visitando por su propia cuenta. Le lleva libros. Quiere que siga siendo como antes: una lectora voraz.

“¿Has estado leyendo?” le pregunta Torres. “¿Qué libros has leído?”

Es claro que Torres logra romper el aislamiento en el que se encuentra la niña. Jacqueline confía en su maestra.

“Soñé algo triste”, le dice en inglés a su maestra. “Que no puedo levantarme, y luego cuando me despierto, comienzo a llorar”.

Jacqueline habla con una voz muy suavecita. Torres tiene que acercarse más para escucharla.

“Quiénes eran esos tipos?” le pregunta a su maestra.

“No sé”, le contesta Torres. “No es justo”.

La injusticia es demasiado clara para Torres. La única parte de su cuerpo que Jacqueline puede mover sin dificultad es su cabeza. Ahora la vuelva hacia la ventana, donde hay seis figuras de princesas de Disney junto a una caja de música. Le pide a su maestra que la abra. Juntas, escuchan una pieza de música del “Cascanueces”.

“Qué bueno que estoy viva”, le dice la niña a su maestra.

“Sí”, le contesta Torres. “Es buenísimo que estés viva”.

Desde que fue herida, Jacqueline ha perdido meses de enseñanza. Estuvo en el Hospital de los Niños de Oakland por más de cinco meses. Cuando salió, en octubre, el hospital mandó una asesoría al distrito escolar de Oakland. Por ley, el distrito tenía diez días para mandar un maestro a su casa, y quince días para comenzar a asesorar qué necesitaba para regresar a la escuela.

La familia esperó dos meses.  Durante todo ese tiempo, la mama de Jacqueline, Silvia Funes, estuvo buscando ayuda.

Silvia Funes estaba frustrada porque el distrito escolar tardó meses para mandar un maestro a la casa. Foto: Adam Grossberg/KQED.

Silvia Funes estaba frustrada porque el distrito escolar tardó meses para mandar un maestro a la casa. Foto: Adam Grossberg/KQED.

“El distrito, pues no había movido nada”, dice Funes. “Tal vez pensaron que sólo una recuperación estaba haciendo, yo pienso, porque no me habían dicho nada. Fui a la escuela, y ellos me preguntaron si había venido una maestra. Yo les dije que no, no ha venido nadie”.

El vocero del Distrito Escolar de Oakland, Troy Flint, admite que el distrito tomó demasiado tiempo y cita varias razones por la postergación. Dice que el hospital no le avisó al distrito con mucha anticipación que Jacqueline iba a salir. Después, dice que hubo confusión dentro del distrito si mandar un maestro de educación especial o un maestro de educación regular. Y además, dice que los maestros del distrito asignados a enseñar a los estudiantes en casa tenían demasiados niños durante el otoño y no podían añadir el caso de Jacqueline.

Silvia Funes estaba frustrada porque sin un maestro, Jacqueline estaba aburrida y deprimida. Su mamá está segura que hacer la tarea de la escuela le podría haber levantado el ánimo.

“Lo único es lo fisico”, dice Funes. “Su cuerpo que no puede hacer nada, no tiene movimientos. Pero de su mente, ella esta bien. Ella puede leer, ella puede gritar, ella puede hablar”.

Jacqueline Funes es sólo una de cientos de niños en Oakland que sus vidas han sido totalmente afectadas por la violencia.

En 2014, 88 niños menores de 18 años fueron heridos por balas en Oakland, según el departamento de la policía. En los nueve años anteriores, 980 niños en Oakland visitaron las salas de emergencias por heridas de bala., según datos de la Oficina Estatal de California para la Planeación y el Desarrollo de la Salud.

La mayoría de la violencia en Oakland está concentrada en los barrios más pobres. Los estudiantes de comunidades más ricas no tienen que vivir con esta constante amenaza.

La maestra Liz Torres quizá sabe esto mejor que nadie. Ahora enseña en la primaria de Montclair, una escuela en las colinas de Oakland, donde los ingresos de las familias son mucho más altos, un barrio que ni siquiera se registra en el mapa de balaceras de la ciudad de Oakland.

Jacqueline aprendió a usar una iPad. Foto: Adam Grossberg/KQED.

Jacqueline aprendió a usar una iPad. Foto: Adam Grossberg/KQED.

“¡Estamos en la misma ciudad, son los mismos impuestos!” dice Torres. “Pero no es equitativo. El apoyo y los recursos están distribuidos de tal manera para que esto sucediera”.

Torres dice que los niños como Jacqueline y sus compañeros de escuela tienen una desventaja considerable.

“Tienen muchísimo más trabajo que hacer que la mayoría de mis alumnos que entran a mi salón de clases en la Primaria Montclair: listos para aprender, con su estómago lleno. No acaban de caminar por un lugar donde su mamá tenía miedo que pudieran recibir un balazo. No tienen esa experiencia”, dice Torres.

Ya en la primavera, Torres ya no está visitando a Jacqueline tanto. Emocionalmente, ha sido muy difícil para ella. Y sabe que en enero el distrito escolar mandó por fin una maestra para enseñarle a Jacqueline en su casa… dos horas al día.

La mamá de Jacqueline, Silvia Funes, quería un día completo de instrucción.

“Ella no tiene trabajo aqui de la escuela”, dice Funes. “Eso es lo que no entiendo. ¿Por qué le dan dos horas de clases y ellos lo toman por todo el dia?”

Las dos horas que sí tenía estaban motivando a Jacqueline a salir de la cama. También la acompañaban enfermeras todos los días. Estaba aparendiendo a operar una silla de ruedas con su cabeza y cómo jugar juegos en una iPad con un palo que movía con la boca.

Su  mamá dice que lo que más quería Jacqueline era regresar a la escuela Community United, donde cursó el tercer grado.

Jacqueline en el patio de su escuela. Foto: Zaidee Stavely.

Jacqueline en el patio de su escuela. Foto: Zaidee Stavely.

“Dice ella que quiere ir a esa misma escuela, porque allí están todos sus compañeros de la escuela y ella quiere mucho a su maestra y su maestra igual con ella”, dice Funes.

Al principio, el distrito recomendó que Jacqueline fuera a una escuela especial donde había otros niños en sillas de ruedas, y más personal para ayudarla. A Jacqueline no le gustó esa idea.

“Ella me dijo, ‘No me importa,’” dice Silvia Funes. “‘Si yo ando en silla de ruedas, y en mi escuela, no hay otros niños en silla de ruedas, a mí no me importa’. A ella no lo impide nada”.

Finalmente, el distrito aceptó. En abril, casi un año después de la balacera, Jacqueline regresó a su escuela Community United, para asistir al cuarto grado.

Los otros niños, y también sus maestras, están felices de verla. Le saludan con alegría en el patio de la escuela.

En el salón de clases, Jacqueline asiste a clases en su silla de ruedas. Su enfermera la

Un especialista en tecnología del distrito de Oakland, Chris Beatty, le ayuda a Jacqueline a usar una computadora para leer. Foto: Zaidee Stavely.

Un especialista en tecnología del distrito de Oakland, Chris Beatty, le ayuda a Jacqueline a usar una computadora para leer. Foto: Zaidee Stavely.

acompaña todo el tiempo. Cuando la maestra da tarea de matemáticas, la enfermera sujeta un lápiz a la mano que Jacqueline sí puede mover, y le dirige la mano sobre una hoja para terminar las ecuaciones.

Después, en la biblioteca, un especialista en tecnología pega un pequeño círculo plateado sobre la frente de Jacqueline. Con ese circulito, ella puede mover el cursor de una computadora para dar vuelta a las páginas de un libro digital.

A pesar de todos los obstáculos, Jacqueline está determinada a aprender.

Le dice a su mamá, “Una vez que pueda mover mis dedos, voy a hacer el esfuerzo de agarrar un lápiz”.

Éste es el primero de dos reportajes sobre cómo la violencia que campea en los barrios más pobres afecta las oportunidades educativas de los niños. Puedes escuchar la segunda parte aquí.

El reportaje fue producido en colaboración con el Proyecto de Reporteo de Equidad de Renaissance Journalism: Restaurando la Promesa de la Educación, con financiamiento de la Fundación Ford. 

Zaidee Stavely escribió una versión de este reportaje en inglés para KQED. Puede leer la serie en inglés y ver un video de Jacqueline y su mamá aquí.

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