Los migrantes viven bajo condiciones brutales en campamentos fronterizos

Niños que viajaron con una caravana de migrantes de América Central a Estados Unidos permanecen en un campamento del lado mexicano de la frontera. Foto: Reuters / Edgar Garrido.

Niños que viajaron con una caravana de migrantes de América Central a Estados Unidos permanecen en un campamento del lado mexicano de la frontera. Foto: Reuters / Edgar Garrido.

Por Debbie Nathan
The Appeal

Mientras esperan autorización para entrar a Estados Unidos, los migrantes, incluidos niños y bebés duermen sobre concreto y bajo lonas de plástico exponiéndose al frío, al viento, a la lluvia y a la enfermedad.

Durante un fin de semana a principios de enero, en la ciudad de Matamoros, México, la temperatura bajó hasta los 40 grados Fahrenheit. Cerca de 75 migrantes se apiñaban en campamentos cercanos a los puentes que cruzan el Río Grande hasta llegar a Estados Unidos. Cerca de ahí se encontraban guardias mexicanos y oficiales militares uniformados, algunos con máscaras puestas para ocultar su identidad. Una nube de gases de escape y polvo llenaba el aire. Quince de los migrantes eran niños, entre ellos una niña de 9 años, cuya madre dijo que había huido con su hijo de Honduras porque la niña había sido violada y la familia temía las repercusiones del violador si lo reportaban a la policía. También había dos niños de 7 años, uno de 6, uno de 3, uno de 1 año y un bebé con el paladar hendido. Un niño tosía. Tres habían tenido fiebre en los últimos días, informaron sus papás.

“Es un lugar muy peligroso para la salud de los niños”, dijo Michael Seifert, un analista de políticas de inmigración para la Unión Americana de Libertades Civiles (ACLU) de Texas. Desde mayo de 2018, había intentando asistir a los niños migrantes y a sus familias para cruzar el puente en Brownsville. Dijo que encontró recientemente a una niña de un mes en un campamento. Para obtener el permiso de entrara a Estados Unidos, Seifert y un voluntario de ayuda humanitaria contactaron al supervisor del puente, de Aduanas y Protección Fronteriza (CBP), y a la oficina en Washington, D.C., del congresista Filemón Vela, cuyo distrito incluye el área de Brownsville. Después de varias horas, el permiso llegó, y los agentes de CBP dejaron que la bebé y sus padres entraran a Estados Unidos.

Seifert y otros activistas han facilitado este tipo de entradas al país sólo para unos cuantos niños, quienes han estado o enfermos o son muy pequeños. El resto se ha quedado atrás. “Estamos decidiendo quién entra y quién no, basados en quién conoces y qué palanca sabes mover”, dijo Seifert. “Nada de esto tiene nada que ver con las políticas ni con la justicia,” señaló.

Las muertes de los niños guatemaltecos exponen los peligros de la detención

Las condiciones en la frontera se volvieron noticia internacional cuando la niña migrante guatemalteca de 7 años, Jakelin Caal Maquin murió el 8 de diciembre, después de estar bajo la custodia de CBP por sólo unas horas. Jakelin contrajo una fiebre de más de 105 grados, pasó casi dos horas sólo con la atención médica más rudimentaria, perdió la conciencia, y murió a las primeras horas del día siguiente en Texas. Se desconoce la causa de su muerte, y se espera que los resultados de la autopsia se hagan públicos en el futuro próximo.

Otro niño, el migrante guatemalteco de 8 años, Felipe Alonzo Gómez murió en la Nochebuena en Nuevo México. Felipe, su padre y varios otros migrantes estuvieron detenidos por varios días bajo la custodia de CBP, a pesar de que la política de esa agencia requiere que los migrantes sean liberados de su custodia dentro de 72 horas, y transferidos a la detención de Inmigración y Control de Aduanas (ICE), o liberados y entregados a amigos o familiares en Estados Unidos. Pero en vez de liberar a Felipe, CBP lo movió a una oficina de la Patrulla Fronteriza en El Paso, Texas, luego a otra en Alamogordo, Nuevo México, y más tarde a uno de los cuartos de un retén desolado en la carretera cerca del Monumento Nacional de White Sands. Para entonces, ya habían pasado cinco días desde que habían sido detenidos Felipe y su padre. Un diagnóstico posterior de su muerte determinó que había tenido influenza, la cual probablemente contrajo mientras estaba en las oficinas de la Patrulla Fronteriza o en el retén.

Antes de cruzar a Estados Unidos, los migrantes que buscan asilo muchas veces languidecen en campamentos improvisados en ciudades fronterizas mexicanas como Matamoros, a tan sólo unos metros de los puentes internacionales. Dos campamentos se han alzado justo del otro lado de la frontera de Brownsville, y la gente que vive allí está desesperada. Esperan durmiendo en el concreto y bajo lonas de plástico, a veces por semanas o por meses, el permiso para entrar a Estados Unidos. No saben cuándo llegará el permiso. O si llegará siquiera.

La causa de la espera es una política migratoria llamada “medir la migración”, que comenzó antes del Presidente Trump pero que no fue implementada en toda la frontera hasta que entró al poder. Bajo esta política, oficiales de CBP se paran en los puentes a bloquear a los migrantes para que no entren a los edificios de los puertos de entrada, donde pueden hacer sus peticiones de asilo. Anteriormente, la gente de países en crisis podía caminar libremente hacia esos edificios y solicitar el estatus de refugiado. Pero ahora sólo se permite que entren unos cuantos al día. Y frecuentemente pasan varios días en los que no dejan entrar a nadie. Muchos refugiados se frustran tanto que abandonan los campamentos y cruzan el Río Grande o caminan para entrar a Estados Unidos por tierra. Pero otros temen que cruzar así los expondrá a ser asaltados por pandillas mexicanas, a ahogarse, a la muerte por deshidratación o, si logran entrar, ser procesados como criminales por el gobierno estadunidense. Así que se quedan en los puentes.

En 2017, Al Otro Lado, un grupo a favor de los derechos de los migrantes basado en California, demandó al Departamento de Seguridad Interna y Aduanas y Protección Fronteriza, a nombre de varios migrantes que buscaban asilo y que se han quedado atorados en los puentes. La demanda argumenta que la política de medir la migración viola las leyes nacionales e internacionales que dan a los refugiados el derecho de entrar libremente a otros países, incluyendo Estados Unidos, para pedir asilo. La semana pasada, un juez suspendió la demanda por el cierre del gobierno. Mientras tanto, los migrantes, entre ellos niños, quedan expuestos al calor, el frío, el viento, la sed, el hambre, el polvo, el hacinamiento, la ansiedad y la violencia.

Migrante de 8 años detenido en un espacio que “no era más grande que una recámara” antes de su muerte

La Casa Blanca ha citado las enfermedades entre niños migrantes, así como las muertes de Jakelin Caal Maquin y Felipe Alonzo Gómez, como la razón por la cual Estados Unidos necesita construir un muro fronterizo.

Pero son las condiciones en los campamentos y los retenes las que aumentan el sufrimiento de los migrantes. Un agente de la Patrulla Fronteriza, que habló bajo condición de anonimato, dijo a The Appeal que el espacio donde se detuvo a Felipe en el retén de Nuevo México “no era más grande que una recámara”; pero desde el otoño de 2018 ha estado abarrotado de migrantes, por el hacinamiento de otros centros de CBP. Estas condiciones, dijo el agente, fueron ocultadas al público. La implementación de la política de “medir la migración” también ha significado que el gobierno de Estados Unidos pasa la responsabilidad de detener a los migrantes a México, donde los campamentos cercanos a los puentes de entrada constituyen lugares letales para los niños.

En los campamentos de Matamoros, cerca de Brownsville, a principios de enero miembros del grupo Acupunturistas Sin Fronteras tocaron música relajante para los migrantes y colocaron agujas en las orejas de varias personas. “Esto ayudará con el estrés y el trauma”, dijo uno de los acupunturistas, mientras los que recibían los tratamientos entraban a un estado como de trance. “Me relajó bastante,” dijo una madre. “La gente que vino nos mostró amor. Después, dormí bien por primera vez en mucho tiempo”.

Unos dos días después, el rumor de que los oficiales mexicanos estaban a punto de desalojar a la mayoría de los migrantes se difundió por el campamento. Incrédulos, se preguntaban cuál era la lógica de un posible desalojo. Una activista humanitaria local que había visitado los campamentos notó que Trump acababa de anunciar que iba a visitar la frontera el 8 de enero para argumentar a favor del muro. Se especuló que los campamentos podían causarle vergüenza, especialmente que se viera a los niños durmiendo bajo lonas.

Los campamentos se mantuvieron durante la visita fronteriza de Trump, y todavía había niños allí. “Quisiera que viniera a los campamentos”, dijo un migrante de un país africano. En ese momento, había pasado casi dos meses esperando cruzar el puente internacional, incluso varias semanas en ese campamento. “Si Trump nos visitara”, dijo, “yo le diría cómo quiero contribuir a su país. Y cómo nos está haciendo sufrir mientras esperamos”■

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